Hay especímenes en la fauna política que carecen por completo del sentido de la vergüenza democrática. Mario Ariel Juárez Rodríguez encabeza esa lista sin despeinarse. Convertido en un cadáver político que despide un tufo a rancio y a corrupción desde lejos, insiste en merodear Cuautitlán como un fantasma hambriento de nómina. ¿Hasta cuándo el municipio tendrá que soportar los desesperados manotazos de ahogado de un personaje cuya trayectoria administrativa está manchada por la ineficiencia, el favoritismo y las sospechas de enriquecimiento ilícito?
El expediente de Juárez no es más que el historial clínico de un soberbio de escritorio que convirtió la función pública en su caja chica personal. Su paso por la alcaldía de Cuautitlán dejó un municipio devastado y endeudado, pero su cinismo alcanzó niveles máximos tras su paso por la Junta de Caminos del Estado de México (JCEM). Ahí, bajo el paraguas de una institución presupuestal multimillonaria, Juárez fue señalado por auditorías internas por el presunto desvío e irregular adjudicación de hasta 1,000 millones de pesos en contratos de bacheo "fantasma" entregados a empresas simulación. Mientras las vías mexiquenses colapsaban en baches, el funcionario se paseaba en camionetas de súper lujo e intentaba justificar ostentaciones incongruentes con su sueldo.
La voracidad de este personaje no se limitó a las finanzas estatales; extendió sus garras al nepotismo más descarado. Diversas investigaciones expusieron cómo convirtió los despachos públicos en un negocio familiar, colocando a su pareja sentimental, María Teresa Ruiz, como Subdirectora de Administración y a su cuñado, Walter Ruiz, en el área jurídica de la JCEM para controlar el flujo de contratos y pagos. Un descaro absoluto donde el dinero de los impuestos sirvió para enriquecer a su núcleo íntimo mientras la ciudadanía padecía servicios destruidos.
Ariel Juárez no tiene proyecto, no tiene visión y jamás le ha importado el bienestar de Cuautitlán; lo único que le quita el sueño es el pánico al desempleo presupuestal. Tras el rotundo rechazo popular y las investigaciones que pesan en su contra, pretendió que el olvido fuera su refugio. Revivir a semejante desecho político no solo sería una traición a los principios de austeridad y honestidad, sino una afrenta directa para las familias de un municipio que se niega rotundamente a ser saqueado una vez más.